Texto por Eduardo Albert Santos
Liberar la pintura de su posible soporte, hacerla “autónoma”, otorgarle carácter de medio en sí misma… tal es la estrategia seguida por Anthony Arrobo en sus White fabrics. La extensa y densa y polémica historia de la pintura, su célebre y debatida eficacia para obtener el engañoso trompe l’oiel, su inveterado prestigio como material privilegiado en la historia del arte se ven sometidas a una fenomenológica epoché, una suerte de “desconexión”, de puesta entre paréntesis, justo para despojarla de su apariencia fenoménica, de su seductor “engaño” y mostrarnos su esencialidad.
En la muestra, las pinturas “prístinas”, inmaculadas, que parecen vagar o levitar por el espacio galerístico, subrayan ese efecto visual de indudable eficacia que ya se probó por el autor en varias presentaciones anteriores: una sensación de complejo compromiso entre la aparente estaticidad de dichas pinturas y su andadura libre por el espacio, sin ataduras que las asocien a superficies legitimadas. En inteligente solución, Anthony las llama Ghosts, apelando a su deliberada “vida” onírica o quizás, escatológica. Entre tanto, titula su muestra “Gravity”, como si se propusiese enfatizar esa fuerza que las hace al mismo tiempo atraídas en su fragilidad real y su aparente levedad.
El joven artista, que ya ha probado su capacidad de ingeniar piezas de indudable reconocimiento local e internacional, nos seduce con estas obras que de cierto modo nos hacen recordar esos juegos visuales que articuló Robert Morris con sus maleables fieltros. Entonces, desde una estética minimalista más versátil, dichos materiales y su modo de empleo apelaron a variados escapes simbólicos, que lo apartaron de una cierta ortodoxia limitadora. Anthony asume de igual manera la apuesta de Morris, pero en su caso se trata de algo probablemente de mayor alcance: el creador cuestiona el propio sentido que la tradición concedió al material y, por esa vía, asume una reevaluación crítica de su valor tanto en el plano expresivo como en el de contenido. Esto se constata en el procedimiento seguido al verter la pintura sobre una superficie para luego asumirla como capa sólida que se “desprende” de aquella y cobra vida propia, en su estado “puro”. Algo que se ve enfatizado por la selección pertinente del color. La pintura, en inusual tridimensionalidad, despliega aquí su protagonismo pleno al evadir sus roles ancestrales, en calidad de forma en y de sí misma.
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