Nuestro tiempo

Isidoro Valcárcel Medina (Murcia, 1937), comentó hace unos meses en una entrevista aparecida en la prensa que nos encontrábamos “a la espera del pintor de nuestro tiempo”. “¿Es que no puede haber un pintor ahora?”, se preguntaba el Premio Nacional de Artes Plásticas 2007. Una interrogante retórica, evidentemente, pintores hay y ha habido siempre. La cuestión parece estar en un avance sustancial, “un pequeño paso para el hombre un gran salto para la humanidad”, en palabras de Neil Armostrong- que posicione al artista más allá de lo que hoy entendemos por pintura y, más aún, de lo hoy entendemos por “arte contemporáneo”. Mientras esperamos a que esto suceda, nos encontramos con artistas como Anthony Arrobo (Guayaquil, 1988), quien quizá pueda ofrecernos algunas pistas. Nacido medio siglo después que don Isidoro, en plena era digital, Arrobo presenta en Madrid una serie de trabajos realizados durante dos meses de residencia en FelipaManuela.

No es el primer artista que utiliza la pintura para crear piezas que no son cuadros. Quizá tampoco sea el primero que utiliza el grafito para producir algo que no son dibujos. Hay antecedentes bien claros en la reciente historia del arte para lo que realiza este joven artista ecuatoriano –minimalismo, abstracción post-pictórica. Pero también hay algo novedoso en estas obras expuestas hoy; cierta rareza, hibridez de formatos, una apología a algo que cuesta etiquetar. Su trabajo está especialmente centrado en el material, donde muestra destreza y disciplina a partes iguales. Lo suyo es pura experimentación, ensayo, prueba y error, horas de taller. Anthony Arrobo habla de “des-historizar”, de quitar la carga histórica a los materiales tradicionales de las artes plásticas, para encontrar nuevas formas, nuevos usos. Pero también se ocupa de lo que él llama la “presencia” de la obra frente al espectador. El fenómeno que se encuentra el visitante frente a sus ojos. Sin un discurso premeditado, la obra es libre y directa, no necesita intermediarios. Pase y vea, compruébelo usted mismo, podría ser el slogan.

Por ello es interesante detenerse en el proceso de trabajo de este artista: meticuloso y pulcro, completa y absolutamente manual. En el caso de las “pinturas”, Arrobo ha utilizado un cubo para esparcir el acrílico sobre planchas de metacrilato. Después de secar el material durante varios días, éste se vuelve tan manipulable como una tela de algodón. Para la persiana de grafito, ha necesitado casi 1 mes de trabajo; una por una ha pegado las más de 43 mil minas de 0.7 mm de graduación en una cinta doble faz. Alineadas perfectamente de forma horizontal hasta formar este objeto doméstico, que aprovecha la ventana de su estudio en El Ranchito de forma improvisada. Una persiana de minas de grafito, que pudo haber sido una alfombra, una ventana… o un río, un cuchillo, una grieta que abre pequeñas torres de papel que se ofrecen desnudas, sin resistencia.

Anthony Arrobo presenta en este “Estudio # 3”, donde ha trabajado los meses de julio y agosto, tres obras nuevas y la pieza “Liliput” (2012), que se pudo ver en Madrid en febrero pasado, dentro de la muestra “Open Studio 10 – Derecho de Imagen”, organizada por el artista brasileño Marlon de Azambuja en su estudio. Pintura acrílica que cuelga fantasmagórica por esta nave del ex matadero de Madrid, grafitos alineados, papel cortado, objetos que hoy son una cosa y mañana otra. ¿Acaso importa? Versatilidad, economía de medios, empatía caracteriza el trabajo de Arrobo.

FelipaManuela cierra con honores su primer año de residencias artísticas con este joven artista ecuatoriano, cuyo futuro es sin duda prometedor. Al seguirle la pista, pondremos también el foco de atención en aquellos pequeños países de América del Sur, casi invisibles en la escena artística global, que pueden dar grandes sorpresas en los próximos años. Quizá ha llegado su tiempo.

Andrea Pacheco González

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